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04/08/2014


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DOMINGO EN ARENAL SOUND: EL APOCALIPSIS SEGÚN DIE ANTWOORD



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Comenzamos la tarde del domingo obviando las actuaciones de Pony Bravo e Iván Ferreiro, por aquello de que cualquiera que pretenda hacerse una idea de qué es lo que dieron de sí, siempre tiene la opción de consultar las crónicas que ya despachamos hace menos de una semana a su paso por el Low Festival de Benidorm. La reiteración de nombres de la escena estatal obliga a afinar el tiro para no pecar de reiterativos, pero hicimos una salvedad con El Columpio Asesino, ya que su intempestivo pase de Benidorm (pasadas las tres de la madrugada) ofrecía un reverso en Burriana a un horario mucho más agradecido, como son las nueve de la noche. Nunca nos cansaremos de repetirlo: esgrimen una personalidad muy por encima del promedio indie estatal, y la forma en la que bascularon del inquietante after punk con pespuntes electrónicos de su producción más reciente (Babel, Ballenas muertas en San Sebastián) a su antigua ponzoña eléctrica de filiación Pixies (Your Mind Is Dead, Floto) volvió a ser ejemplar, aunque siga siendo la inapelable Toro la que ponga a todo el mundo de acuerdo y expida la tasa de alboroto que es preceptiva en cualquier festival. Resulta tedioso tener que recurrir una vez más a ese axioma que dicta una relación inversamente proporcional entre la calurosa acogida del público y la ramplonería de muchas ofertas del escenario principal (siempre hay benditas excepciones, claro), pero lo de Bastille fue de una vulgaridad que asusta. Su incremento en popularidad no ha mermado la ramplonería de una propuesta de synth pop embutida en himnos para estadios, que podría recordar a unos Coldplay o unos Elbow de tercera división (y con incremento del factor sintético) pero que aún da más miedo cuando arremete con versiones de temas ajenos: si en el FIB del año pasado les dio por el What Would You Do? de City High (el almibarado proyecto r’n’b de Wyclef Jean), en esta ocasión se marcaron una festiva toma del Rythm Of The Night de Corona. Poco más que añadir. A su lado, lo de FM Belfast resultó hasta simpático. Los islandeses enfilaron sin frenos y cuesta abajo la pendiente del electro pop cachondo y pintón, pero lo hicieron con un espíritu lúdico y una ausencia de pretensiones (esa estética filogay, con camisetas de tirantes y guirnaldas; ese intercambio de roles sobre el escenario; esos falsetes estratosféricos) que hizo que hasta su apropiación de Wonderwall (Oasis) en clave balearic beats tuviera hasta gracia. Al menos hasta que su bailable desparrame escénico acabó por empacharse de esas referencias que pueblan su propio temario, y que iban aumentando el grosor de su trazo: Bring The Noise (Public Enemy), Pump Up The Jam (Technotronic), Fight For Your Right (Beastie Boys) y hasta Welcome To The Jungle (Guns N’ Roses). A más de uno se le aparecieron los espectros de Scissor Sisters, pero la cosa terminó por recordar a aquellos chistes que a la primera provocan la carcajada, pero a la tercera saturan. Sim remisión posible por la vía de la ausencia de pretenciosidad, lo de Mando Diao fue la viva estampa de una banda cuya absoluta deriva ni siquiera era posible otear en los tiempos en que se descolgaron por la vía del fashion rock bailable de Dance With Somebody (que también repescaron), hace cinco años. El problema ya no es solo que temas de nuevo cuño como Sweet Wet Dreams (con esa guitarra española y las referencias a las “señoritas” del público) inviten a la compasión, sino que canciones con la pegada de antaño se hayan visto reducidas a baladas melindrosas (Mr. Moon) o a invitaciones a engrosar una candidatura de aspirantes a Eurovisión (Gloria). Su giro del revivalismo garage rock al pop sintético recuerda en cierto modo a los deslices de los Strokes, pero en el caso de los suecos el estropicio es de tal calibre que sobre el escenario roza directamente el bochorno. Un magno despropósito. → Por qué en Suecia se venden discos y en España no Al menos, y la referencia viene al pelo ya que aludimos a The Strokes, lo de los liverpulianos Circa Waves remite de una forma tan meridiana al temprano sarpullido rock de Julian Casablancas y cia que no tiene trampa ni cartón. Sus canciones destilan urgencia, punch y una ejecución fulgurante. Y aunque no vayan a contribuir a cambiar en modo alguno el curso del rock británico (ni tan siquiera sus notas a pie de página), muestran unas hechuras irreprochables. Con una hoja de servicios en la que, por cierto, no escasean los hits en potencia. Aunque el mayor arsenal de hits por metro cuadrado quedaba, claro está, en manos de Die Antwoord. Sería fácil agotar los calificativos ante un espectáculo tan descomunal como el suyo. Un set devastador en el que su amalgama de hip hop serpenteante, electrónica de desguace, grime y moombahton cobra pleno sentido a través de una violencia latente y una sexualidad procaz y descarnada (el dedo corazón erguido y el vocablo fuck son el gesto y la palabra más repetidos). Herederos del feísmo de The Prodigy, los sudafricanos tienen la habilidad de enhebrar un crisol multirracial de sonidos que trata (y vaya si lo consigue) de transmitir el desasosiego propio de la vida en los suburbios de Ciudad del Cabo. Que es, por extensión en este mundo globalizado, la problemática de cualquier gran urbe moderna. Y poco importa el porcentaje de teatralidad cuando ese trasunto se transfiere, y además lo hace a través de temas tan irrefutables como Fatty Boom Boom, Pitbull Terrier o Baby’s On Fire, capaces de poner en ignición a una masa enardecida y presta a quemar las suelas de sus zapatillas al ritmo de una propuesta con mucha más riqueza de matices de la que aparenta en primera instancia. → El sangriento videoclip de Die Antwoord Su show se arropa en el colchón sonoro de su MC (Hi Tek), en el refuerzo de dos bailarinas que no descubren su rostro en ningún momento a lo largo de la hora y cuarto de actuación y en las proyecciones frenéticas de algunos de sus inquietantes clips. Pero su principal sustento reside en el carácter protagónico del lenguaraz e irreverente Ninja (agitándose con lascivia embutido en unos gayumbos con la cubierta del Dark Side Of The Moon, de Pink Floyd, como quien no quiere la cosa) y en la estratosférica Yo-Landi Visser, el gran prodigio escénico de estos afrikáner en su papel de ninfa diabólica, absolutamente hipnotizante. Cuando acabó Enter The Ninja (corolario obligado) el único juicio posible era concluyente: un directo extraordinario, capaz (como pocos) de enfrentarnos con nuestros propios fantasmas.